El destino de los ruiseñores

A medida que las siluetas de los barcos que navegaban contra el sol poniente menguaban, Morag inspeccionó los restos humeantes de lo que una vez fue el mayor campamento de guerra de los daeb. Hace lo que ahora parecía toda una vida la playa de abajo había acogido a mil barcos enviados por la República para reclamar lo que era legítimamente suyo. Legítimamente suyo. ¿O no? El hedor de la sangre y la muerte la trajo de vuelta de su ensueño melancólico. Su tiempo se estaba acabando y había una cosa más que quería hacer antes de que llegara su hora. Apretando los dientes y apartando a un lado el dolor, cojeó hacia los restos de la empalizada y el macabro montículo de carne y metal. Sobre la repugnante masa de enanos avariciosos, los finos rasgos de un príncipe élfico brillaban como una joya. Aunque la agonía nublaba su visión, el graznido de los cuervos la empujó a seguir. Con la poca fuerza que le quedaba, colocó tiernamente la cabeza del príncipe en su regazo y usó los jirones de su capa para limpiar la sangre de su rostro y sus propias lágrimas. «Luchaste bien pequeño —murmuró—. Madre habría estado orgullosa». Abrazándolo tan fuerte como su dolorido cuerpo le permitía, abrió su mente al vacío más allá del Velo. Se había llegado a un acuerdo y ahora se pagaría el precio. Lo último que sintió fue un cuervo posándose en su hombro, y entonces ya no sintió más.