Habíamos estado hostigando la retaguardia de los elfos desde el amanecer. Estaba claro que era sólo cuestión de tiempo que huyeran y pudiéramos destruir sus barcos en las playas más abajo. Era la sexta hora pasado el mediodía cuando la línea comenzó a ceder frente a nuestras afiladas hachas. De repente, los elfos se separaron como tierra húmeda golpeada por una pala y di la orden de mantener el terreno en previsión de algún juego sucio de los rompe juramentos.
A través de la brecha apareció un guerrero con una elaborada armadura decorada de negro, rojo y oro que desmontaba de su carro. La calma surrealista que exudaba este individuo era subrayada por el cuidado con el que desenganchaba las dos bestias de tiro del carro. Durante tres siglos he servido al Bastión y me he enfrentado a todo tipo de monstruos y enemigos, pero nunca vi nada así. ¡Malditos todos los elfos y sus elegantes movimientos!
El salpicar de la sangre me trajo de vuelta a mis sentidos cuando el guerrero golpeó nuestra línea, atravesando nuestras filas como una sombra hecha de acero afilado. No había nada más que niebla roja a su paso. De los catorce barbagrises del clan Kengaz que me acompañaban, solo quedaban cadáveres momentos después. Un agujero en el que cabría un trono de guerra apareció en nuestra formación. En su centro, el elfo estaba de pie con sus espadas gemelas descansando a sus flancos y una sonrisa de desprecio que despertó la ira de todo enano que lo vio. Me habría precipitado hacia el pomposo carnicero si mis runas no hubieran empezado a brillar.
Volviéndome hacia la línea de lanzas élficas, me encontré con los ojos de su bruja. Su mirada ardía con malicia y odio. Mi tenacidad fue puesta a prueba mientras intentaba defender nuestra victoria contra su magia y artificios. ¡Golpeé la runa de anulación una, dos, tres, cuatro veces! Sin embargo, la hechicera continuó cantando y moviendo sus esbeltas extremidades como si modelara arcilla invisible, su ceño cada vez más fruncido. Por un momento de arrogancia, creí que la había vencido. Pero ella soltó un terrible grito hacia los cielos y un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
Sentí que algo atravesaba el Velo, algo antiguo y terrible cuya voluntad estaba empeñada en nuestra perdición. Con un destello iridiscente mis runas estallaron, abrumadas por el poder arcano. Durante un terrible instante, la sombra de un pájaro titánico sobrevoló por encima de la bruja. Donde antes sus palabras y gestos eran los de una simple hechicera, ahora propagaban la muerte como si tratara de igualar el salvajismo del torbellino carmesí que seguía en medio de nuestras filas. Tentáculos de humo púrpura se lanzaron hacia las bocas y fosas nasales de mis camaradas, pudriendo sus cuerpos desde dentro. Extrañas marcas aparecieron en su carne, causándoles un dolor enloquecedor, y manos invisibles desviaban los ataques que deberían haber acabado con el guerrero que estaba decidido a enviarnos a todos con nuestros ancestros. Al ver el caos que se desarrollaba, los elfos prorrumpieron una fuerte ovación y cargaron. Entonces el derramamiento de sangre comenzó de verdad.